BIENVENIDO/A

Espacio de relajación y reflexión, el diván tiene sus orígenes en la antigüedad al discurrir a largo de las paredes de las viviendas romanas más acomodadas y constituir en la arquitectura palaciega islámica una estancia privada común para el reposo y el deleite.

"El diván de Nur" viene a ser un lugar virtual para la catarsis que provocan enclaves, historias, vidas, ciudades, sitios y paisajes del mediterráneo.


Una mirada introspectiva, retrospectiva y exploratoria por al-Andalus, el Magreb y la diversidad cultural del Mare Nostrum de una historiadora en permanente búsqueda

martes, 26 de febrero de 2013

OUJDA, la inesperada


La Región Oriental resulta desconocida para los viajeros que acostumbren visitar ciudades imperiales de Marruecos como Fez, Marrakech, Rabat o Meknes. Si bien es cierto que una semana no da para hacer una descripción adecuada, me limito solamente a bocetar impresiones en este viaje que por razones de trabajo casi pudo considerarse de paso.
Desde la frontera de Beni Ansar, junto a Melilla, el trayecto que bordea la costa mediterránea se hace bastante ameno. Entre algunos declives, que desvelan la belleza del mediterráneo, asoma Nador y el Cabo de Agua donde pueden divisarse las Islas Chafarinas, tres pequeñísmos islotes de soberanía española y en los que en alguno de ellos se avista un acuartelamiento militar.

Mi destino era Oujda, a unos quince kilómetros de la frontera con Argelia, hoy cerrada. Antes de llegar a la capital de la región oriental, llama la atención un reciente complejo resort cerca del pueblo de Saidía en cuyos alrededores hay una carretera la que sirve de límite entre Marruecos y Argelia. Como las relaciones diplomáticas de los dos países están rotas y  no hay puestos fronterizos, al menos no demasiado cerca, la calzada suele ser punto de encuentro de algunas familias mixtas. Traspasando bosques, acantilados y litoral, empiezan a proliferar llanuras a medida de que avanzamos hacia el interior, cuyas dehesas dejan pastar a los corderos más afamados del país. 

En el pueblecito de Beni Drar tienen su templo gastronómico. Parada obligada para los amantes de una buena carne, se convierte en el más destacado punto de aprovisionamiento de Oujda y la región oriental. Las reses frescas, colgadas y recién sacrificadas pululan por doquier.  De hecho las carnicerías sirven también de asadurías-restaurantes donde poder degustar los diferentes manjares a la brasa. Y sobre todo las columnas de humo de barbacoas dan a este municipio un olor y una imagen característica, difícilmente olvidable. No hay excusa para no probar el cordero del que se aprovecha prácticamente casi todo poniéndose a la parrilla sesos, higados, costillas, corazón, costillas, cabeza y otras partes del animal. 

Beni Drar. El municipio de la Región Oriental donde encontrar quizás el mejor cordero de Marruecos

Si accedemos a Oujda, a simple vista sin penetrar en la medina, resulta difícil creer que sea una ciudad milenaria por su aspecto radiante y moderno. Con más de medio millón de habitantes aproximadamente, su ensanche resulta bien cómodo y ordenado a juzgar por su plano donde aparecen amplias avenidas y espacios verdes como los jardines de Lalla Maryam rodeando las murallas y el Parque de Aïcha donde se ubica el Museo etnográfico. Elegantes edificios franceses de principios del siglo XX conviven con recientes inmuebles en la capital de la región Oriental. Entre ellos el primer instituto de enseñanza secundaria del país, levantado en el año 1915.

Si bien es cierto que su medina no conserva una potencial monumentalidad, Bab al Gharbi da paso a calles muy animadas. El alminar de la mezquita aljama empieza a divisarse siendo precedido por las tres fuentes y por un pequeño arco-pasadizo. El oratorio, es el monumento más antiguo del conjunto histórico, edificado en los primeros tiempos de la dinastía meriní (1298). Como también de ese periodo datan sus murallas y Bab al- Wahab a pesar de ser reconstruida a finales del siglo XIX.  

Mezquita aljama en la Medina de Oujda
Una vez en el interior, pululan tiendas de hilos de sedas, cinturones de brocados, kaftanes de gala y puestos de chilabas que nos advierten por un lado, que Oujda tiene tradición musical como posteriormente precisaremos y que gracias a la lana de las ovejas que pastan por sus dehesas hay surtido de las tradicionales pellizas con mangas largas capucha, propias de zonas montañosas de Marruecos, donde el frío apremia.
No faltan las tiendas de joyas y filigrana, ni tampoco algunos productos alimenticios como los dátiles de la provincia de Figuig. Deliciosos con un inigualable sabor, se caracterizan por su pequeño tamaño, su color amarillento y por no ser nada pegajosos.  No tienen nada que envidiar a los tunecinos de Douz, los argelinos o incluso los jordanos. De hecho acompañan el característico cus-cús de la región llamado al- Tâam bi-l S'men.
Saber leer en árabe el cartel que los ofrecía, me hizo ganar la simpatía de su vendedor. De manera que cada vez que me perdía por la medina y volvía sin querer a la plaza donde estaba su puesto, éste siempre me saludaba, regalándome unos cuantos.

Concurrida tienda de hilos de seda en la medina de Oujda
Insisto nuevamente en que chapurrear algo y tener unas nociones básicas de la lengua semítica, abre más puertas de las que pensamos. Provoca sonrisas, palmadas en la espalda, conversaciones iniciales, apretones de manos y si se prorroga la cosa, incluso hasta un té que lógicamente se siempre se agradece. Té que en la región oriental se suele servir en vaso pequeño y con la hierbabuena en la tetera, a diferencia de los grandes vasos de Tetuán, Tánger y Chefchaouen, inundados de las hojas verdes tan tonificantes.

Apreciados y sabrosos dátiles de Figuig.

Junto a los dátiles, el olor a pan advierte de la proximidad de pastelerías donde se amontonan hogazas y dulces, de los que algunos ya ser vendían en nuestros zocos medievales como documentan ciertos tratados gastronómicos andalusíes.  El equivalente a las perrunas andaluzas elaboradas con almendra y harina son llamadas aquí  غريبة griba, que significa algo así como extrañas.
A mi precisamente no me lo resultaron. Incluso se desgranaban también en mis manos y boca como las de nuestras abuelas. 
No sabemos si resultaban extrañas por ser introducidas por los moriscos y andalusíes, también asentados en esta zona de Marruecos. Pero lo que los oujdíes atribuyen de origen peninsular es una especie de merguez o salchicha de gran tamaño de cordero que se vende guisada e introducida en una kesra o pan redondo.

Dejando la medina, tenía especial interés en visitar a las afueras de la ciudad, una especie de oasis que me recomendaban. Sin embargo, Sidi Yahya Ben Younes, que toma el nombre del patrón, santón de Oujda, puede considerarse más un lugar de peregrinación a modo de parque de recreo.
Una especie de camino similar que me hacía recordar al de las calzadas entre las necrópolis romanas conduce al mausoleo del personaje, entre tumbas bien cuidadas que parecen brotar como arbustos. Entre ellas la de Bou Chikhi cuyo árbol dicen que hace desaparecer los dolores de riñón. No he podido averiguar algunos datos biográficos de Sidi Yahya, tan venerado no sólo por musulmanes sino por judíos y cristianos. Sin embargo quise impregnarme de su baraka accediendo al mausoleo y tocando el catafalco. Sea como fuere, Sidi Yahya vivió en el siglo XIV y se cuenta que llegó a alcanzar los ochenta años. Cada mes de septiembre congrega a los diferentes pueblos y ciudades de la región en una especie de romería (moussem).

Sidi Yahya es a su vez un lugar, agradable, apacible donde los cursos de agua dividen dos orillas salpicadas de pequeñas tumbas entre palmeras, rosales, laureles, fuentes y arbustos. Un campo de experimentación de la antropología de la muerte, también por su uso combinado como espacio de recreo donde poder tomar un te, merendar, almorzar y disfrutar de un lugar paradisiaco, a la par que funerario y sagrado.

Mausoleo-Oasis de Sidi Yahya Ben Younes. Oujda.

Oujda además se conoce por el festival de música Raï, uno de los más promocionados en África y que acoge infinidad de artistas de todo el planeta. El evento sigue la propia filosofía de este estilo musical que con raíces urbanas ouchdíes y argelinas hibrida la aportación de sonidos de pueblos que acogen la población emigrada.
Pero indudablemente la ciudad ha sabido perpetuar cuidadosamente la música andalusí que hunde sus raíces en la corte omeya de Córdoba en el siglo IX, vivió su cénit durante las taifas y prosperó durante las dinastías almohade y meriní. El éxodo de andalusíes al Magreb acabó transmitiéndola para ser propagada desde Marruecos hasta Libia.

Fez, Tánger, Tetuán, Rabat y Oujda, siguen siendo centros de reputada preservación aún con ciertas variedades regionales. Oujda emerge así como un trocito de al-Andalus a través de la música Gharnâtî, término que atribuye su procedencia granadina. Un patrimonio intangible prácticamente extinguido de la península y revivido en las voces, instrumentos y en las nubas interpretadas por sus ciudadanos que se agrupan en asociaciones para preservar este legado cuidadosamente. Melodías que partieron de la orilla norte para quedarse en la orilla sur del mediterráneo y como el vaivén de las olas retorna del sur al norte, para recomponer una identidad compartida.

(Dedicado a quienes siguen fomentando y transmitiendo la herencia incalculable del legado musical andalusí en el Magreb. Especialmente a mis amigos de Oujda. 
Músicos, intérpretes, y agentes culturales)

jueves, 21 de febrero de 2013

Fez y Qayrawán, centros de peregrinación y espiritualidad.


Fez y Qayrawán son consideradas ciudades sagradas en el Magreb y en el mundo islámico no sólo por el significado de sus mezquitas aljamas sino por la presencia de dos personajes cuyos santuarios gozan de gran veneración.

La palabra madrasa, también conocida por medersa o madraza, deriva del árabe madrasa, (مَدْرَسَة) considerándose lugar donde se imparte enseñanza de carácter religioso.  No parece que existiera en los primeros tiempos del islam y probablemente fueron los selyuquíes quienes construyeron las primeras en Persia a principios del siglo XI, si bien en Turquía adquirieron carácter multifuncional al disponer de un área de enseñanza médica, un maristán, espacios asistenciales y un mausoleo.


La difusión del sufismo en los siglos XII-III dio sentido a algunas zawiyas entendiéndose como casas donde un grupo de discípulos se reunían en torno a un maestro o (shayj) estando equipadas para la celebración de reuniones, oración, estudio y vida comunitaria.


Así, las zawiyas no son sino lugares sagrados donde yace un santón, un maestro o un personaje relacionado con el profeta, al que se le rinde culto y donde en el entorno de su tumba puede edificarse un espacio de enseñanza a modo de madrasa, con espacios de retiro, oración y de estudio. De hecho, en el Magreb, los mausoleos llegan a  convertirse en centros de peregrinación y congregación de fieles (como ocurre en Qayrawán y Fez) de todo el país, donde la veneración roza prácticas de religiosidad popular.


Los principales caminos que parten de la principal puerta de la medina de Fez,  Bab al-Boujloud, conducen no sólo a la mezquita aljama Qarawiyín sino a otro espacio de veneración: el Mausoleo-zawiya de Moulay Idris.


Moulay Idris no es sino Idris II, fundador de la ciudad y considerado una especie de patrón en Marruecos. Su tumba forma parte de una mezquita, el primer oratorio donde se celebró la primera oración del viernes. Hasta el siglo XIV mantuvo su planta original y durante unas obras de reconstrucción se hallaron las reliquias. Habría que esperar tres siglos después para que dicho espacio sufriera transformaciones más significativas.


El sultán Mulay Ismail, alzó el sepulcro del santo en un baldaquín de madera y damasquinado de cobre y oro, rodeado por numerosas columnas de mármol. También cubrió el espacio sagrado con remate piramidal verde, añadió una espléndida fuente en el patio y levantó su característico alminar, el más alto de la medina. En el año 1824, Mulay Abd al-Rahman, fundó una nueva mezquita en una casa anexa que concentra toda la variedad decorativa del conjunto.


Mausoleo-zawiya de Moulay Idris. Fez.Marruecos

El resto de las zawiyas de Fez, aproximadamente una docena, se relacionan con santones místicos, cuya doctrina en ocasiones sigue estando viva como el caso de la tariqa tijanija que recibe el nombre de su fundador Sidi Ahmed Tijani, muerto en 1815 y enterrado en Fez.

A pesar de que los espacios de enterramiento colectivo se ubicaban a extramuros, es frecuente que algunas medinas magrebíes salpiquen sus manzanas con zawiyas y mausoleos.

Algunas zawiyas suelen disponer de espacio de oración, un patio o una habitación para un portero/a-cuidador/a. Las más simples, de planta cuadrangular y cúpula que alojan el catafalco del santón, pueden confundirse con mausoleos. 
En Qayrawán, considerada la cuarta ciudad santa del Islam después de La Meca, Jerusalén y Medina, perviven una cincuentena de ellas. La Zawiya-madrasa de Abu Zama’a al-Balawi, un compañero del profeta Mahoma confiere a Qayrawán su prototípica espiritualidad al decirse que portaba una reliquia del mismo.

Los orígenes de la tumba se remontan al año 654, fecha del fallecimiento de Abu Zama’a a causa de una expedición militar contra el ejército bizantino. Patrón de la ciudad, su tumba recibe visitas de todo el país. De hecho puede presumir de haber sido durante siglos punto de encuentro en la peregrinación hacia la Meca.

Dicho mausoleo se llena especialmente de vida durante el “mawlud”, o fiesta del nacimiento del profeta en cuya semana se entonan a coro cantos religiosos y las mujeres ofrecen “‘asida”, una especie de papilla de sémola en honor a la que los árabes comían en los primeros tiempos del islam. Dichos días resultan propicios para celebrar la fiesta de la circuncisión y la ceremonia de los contratos matrimoniales. LLama la atención la acumulación de alfombras amontonadas en las proximidades del catafalco. No son sino las primeras alfombras de oración que utilizan las niñas que luego las llevan allí como ofrenda para que el santo las proteja.


Zawiya-madrasa de Abu Zama’a al-Balawi. Qayrawán.Túnez

En el siglo XV la zawiya fue un mausoleo cupulado al que se le rodeó una muralla. Pero no será hasta al siglo XVII cuando se le añada la madrasa, el alminar y el resto de las dependencias. Dos hermanos arquitectos de origen andalusí llamados Ahmed y Mustafa  concedieron al conjunto una peculiar impronta hispanomorisca a la que se luego se añadieron ciertas influencias turcas, bizantinas y locales.

La puerta principal da paso a un gran patio porticado en cuyo ángulo izquierdo, un almacén guarda los bienes hábices del santo. Anexa a esta dependencia está la madrasa, una sala de oración alargada con mihrab cupulado y dos naves a la que dan dos patios y las celdas de los estudiantes. La parte reservada al culto consta de otro patio porticado y la cámara funeraria está cubierta con cúpula sobre trompas y linternón.


A pesar de que este monumento está declarado patrimonio mundial por la UNESCO, grupos salafistas lanzaron amenazas contra el mismo a principios de 2013.

Ciudadanos de Qayrawán y miembros del ejército han estando velando día y noche  por su salvaguarda, dando al mundo un ejemplo de que más allá de normas y leyes de tutela, los escudos humanos se convierten en verdaderos protectores de uno de sus símbolos patrimoniales e identitarios más preciados.

martes, 15 de enero de 2013

Túnez perenne


Para ser feliz quiero ver siempre el azul infinito de un amanecer intenso
Contemplar sosegadamente arcos, colores, y letras que adornan, bailan, seducen y me envuelven.

Para ser feliz quiero escuchar algarabía, traspasar luces y sombras, dejarme arrastrar por efluvios de humo, incienso, esencia, salitre ...

Para ser feliz solo me bastan tus sonrisas cálidas, miradas verdaderas, saludos que no cuestan, saborear la palabra regalada, formar parte de ti, sentirme en casa.
Para ser feliz me inundo de ti, Túnez, dejándome envolver y arrastar eternamente al paraíso.
Solo allí soy yo, solo allí sigues siendo tú.

Solo allí, siempre y perenne
Eres y estás.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Cefalú. Memoria capital.

No quería olvidar, antes de que pasara más tiempo, mi corta estancia por Sicilia. Habrá tiempo de recordar en otro post el arte siculo normando, una perfecta conjugación de musivaras greco-bizantinos, arquitectos románicos normandos y marmolistas-tallistas musulmanes isleños.

Pero hoy me apetece recordar mi experiencia sensorial. Un esfuerzo por retrotraer imágenes, vivencias y palabras sueltas de mi libreta de mi viaje. Un cuaderno atípico, en el que suelo anotar lo que pienso y siento, pero cuando pasa el tiempo, la memoria termina sepultando lo que mis sentidos detectaron allí.


Ya Diodoro Sículo, en el siglo IV a.C. la llamó Kefalú (cabeza) en relación al promontorio rocoso que domina el entorno aunque otras fuentes señalan que el término procede de la palabra provenzal “kefalos”, manantial de agua que desciende y sigue descendiendo de la montaña al mar, como podemos comprobar en unos lavatorios públicos medievales, todavía intactos y bien conservados que mencionó Bocaccio en una de sus obras.
Cefalú fue griega, romana, musulmana y normanda. Los Hauteville hicieron de ella y del Palermo de los siglos XI-XII, sedes de un esplendor artístico y económico inigualable. El geógrafo andalusí al-Idrisi que trabajó para Roger II en la elaboración del primer mapamundi medieval, dijo de Cefalú que era una fortaleza dotada de todas las prerrogativas de una ciudad con mercados, termas y molinos.
Tanto el medievo como el Renacimiento dieron pie a ensoñaciones, que a principios del siglo XIX se contaban en teatros de marionetas "La Opera dei Pupi". Un alarde de historias inspiradas en la literatura caballeresca, poemas, en la vida de los santos o en la de los bandidos más conocidos. Declaradas patrimonio oral de la Humanidad, las representaciones dei Puppi están desapareciendo en el pueblo, y corre peligro de que se olviden en Palermo.
Por la deformación profesional propia de todo historiador siempre tiendo a ir a lo analítico, lo racional, lo documental. Pero en esta ocasión, permítanme dejarme guiar por la inspiración y la libre escritura. A ver que me depara.
Lo primero que se me viene a la mente de Cefalú no son sólo retratos marítimos de este pequeño enclave de la antigua Magna Grecia, sino una sinfonía de olores a hornos, dulces y especias, tan deliciosos y especiales.
Si bien este singular municipio de unos doce mil habitantes no ha sido todavía invadido por el turismo masivo, no deja de ser un punto referencial y paisajísitico de la costa tirrena. Un lugar muy apetecible para el descanso y el paseo por dos ambientadas calles que conducen al Duomo o donde se alza la imponente catedral.

Se trata de la via Ruggero que recuerda al monarca medieval Roger II con el que la isla vivió su máximo esplendor y otra dedicada a Víctor Manuel II. Calles salpicadas de heladerías, panaderías, tiendas de souvenirs junto a negocios tradicionales como algunas farmacias y mercerías decimonónicas que le dan un peculiar encanto.
La Edad Media se percibe en los llamados “cortile” o adarves que abovedados, estrechísimos y lúgubres, recuerdan a los de cualquier otra medina magrebí. Y evidentemente también en la repostería hay indicios del pasado islámico en la “cassata” (árabe qas'at, ‘bol’); una tarta tradicional de bizcocho, mazapán, fruta confitada, pistachos, piñones, canela, con un sutil aroma a azahar. De hecho también los amontonados mazapanes con formas frutales, los dulces de hojaldre y almendra bien pueden recordarnos a la de alguna pastelería andaluza, marroquí o tunecina.
Pero si también Cefalú rezuma, es mediterráneo, un mediterráneo tirreno, frío y plateado, con una Porta di Mare inesperada en la trama urbana que asoma a barcas y redes que cosen pescadores cuyos rostros melancólicos como los de las tristes marionetas, denotan las dificultades que la isla todavía atraviesa.

La ciudad inspiradora


A veces algunos enclaves de las ciudades invitan al sosiego, al recuerdo, a la nostalgia.
Conectan con la naturaleza hasta vincular la esencia del lugar con el estado anímico.
No sólo los monumentos conmueven, inspiran, sino también las calles, los caminos, la luz y el color de las ciudades históricas.
Y es que en Córdoba, el Huerto de Orive, con un aire decadentemente romántico, entre ruinas, sonidos, vuelos y follaje pudo dejar plasmados estos bellos versos amorosos de un poeta desconocido.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Alhambra. La evocación del Paraíso

La Alhambra evoca a través de las inscripciones de sus muros, la configuración de su planta, las estancias ornamentadas, el poder terrenal representado por el sultán y su conexión con la deidad mediante la materialización del paraíso.
Una razón que tuvo en cuenta el aprovechamiento hídrico desde su planificación al abastecer al conjunto palatino por medio de una acequia real que procedía del Darro, transformando las secas colinas de los montes y bancales en sendos vergeles que regaban los jardines del Generalife hasta constituir el canal central alhambreño.
Así, surtía estanques, fuentes y baños donde recrearse y efectuar la ablución.
Con este acto el creyente mojaba sus manos: instrumentos de acción, la boca, simulando la bebida del estanque del paraíso, la nariz, el aroma del jardín, los antebrazos, la fuerza con la que se construye el mundo, la frente, poso de sabiduría, las orejas, el sonido y las piernas el móvil hacia el camino divino.



Agua para enjuagarse o beber de las vasijas que se empotraban en las hornacinas o tacas de las estancias y con la que celebrar banquetes o festines cuando Muhammad V inauguró dos salas de los recintos privados del Palacio de los Leones.


En este sentido, aguas perfumadas de rosas que caían sobre los invitados: “como un diluvio hasta el punto que goteaban sus bigotes y calaban las colas de los trajes".
El sultán vuelve al espacio público: Palacio de Comares que aquí contemplamos cuyo jardín líquido proyectaba e iluminaba las audiencias bajo una bóveda celestial de maderas incrustadas, conformando estrellas.
Astros, constituían los siete cielos hasta alcanzar el trono bajo el que se sentaba el príncipe de los creyentes.
Los baños reales suponían la transición entre lo público y lo privado representado por el Palacio de los Leones donde nuevamente el paraíso irrumpe a través de un bosque de ciento veinticuatro fustes blancos que según Ibn al Jatib extasiaban la mirada, elevando el pensamiento.
Pabellones cupulados que rocían mocárabes como gotas en torno a un patio donde confluyen cuatros ríos hacia una fuente.
Surtidor que vierte el agua a través de doce leones diferentes y la hacen fluir por los canalillos en un ir y venir contínuo, casi eterno.
Y ante todo, una persistente eternidad que cobra sentido con la poesía inscrita de Ibn Zamrak haciendo de la Alhambra y de quienes la hicieron, un paraíso imaginario y materialmente memorable.

Hammamet. Atrapando la eternidad.


Bowles en el cielo protector refería que la diferencia entre turista y viajero residía, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece a un lugar más que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra.
Y tomando como referencia esta cita que hace semanas recordó mi amigo Fernando Báez, vuelvo imaginariamente a uno de mis rincones de la felicidad que pude describir en mi cuaderno de viajes. Un instante que de ningún modo quería dejar escapar.
Volver a Túnez supone explorar intensas experiencias, no sé si porque siempre que regreso ya adopto una predisposción hacia ello o porque fabriqué una idealización que necesitaba tener. Lo cierto es que allí siento más alejado el concepto de tiempo, un invento que nos separa al fin y al cabo de la naturaleza y de nuestra comunión con ella. 
Cuando en Hammamet amanece un nuevo día, el sol reluce resplandeciente atravesando la mayor negrura de las cortinas de cualquier alcoba. Y es como si en cada alba, se creara un mundo nuevo.
Despertar allí es como poder volver a nacer cada día que debe aprovecharse al máximo mirando a ese cálido horizonte. Las tardes se hacen cortas pero los ocasos, envueltos entre el rumor de las olas y los avisos del salat al-mugrib, conectan con lo divino.
Entonces veo más mediterráneo, más inmenso, intenso e infinito que nunca. Destella calma, espuma y plata. Centellea, ondea, abraza e inspira. El azul aquí es más azul. Me rodea, serpentea, adormece y relaja. Luego dormita, canta, palpita, y me salpica bruscamente.
Alrededor del mar, Hammamet muestra cómo la vida y la muerte son una. No hay demasiada distinción entre los seres que reposan eternamente, ya que parecen hacerlo no bajo el suelo sino flotando sobre las arenas que el casi las olas pueden alcanzar.
Entre olivos y el intenso olor a jazmín y sal. Entre el agua y la tierra, flota una atmósfera, ligera, leve y breve como la existencia. Y resuena la melodía de un almuédano para recordar que el tiempo no es lo que marcan los relojes mundanos, sino un instante contínuo y eterno.
Un momento en el que comulga la luz, el mar y la vida. Un instante en el que un eco, una voz, resuena como onda que siempre errará en el universo.
Aquí, la vida, no es mejor ni peor, es sencillamente vida. Un camino trazable, un misterio que alumbra y hace brotar plantas, seres, palabras, luces y emociones. Es entonces cuando me aferro a él, agarrándome a este momento eterno cuya serenidad única no quiero que la memoria, volátil y tracionera deje escapar.
Y pienso que es en Túnez donde he aprendido a mirar al infinito hasta poder llegar a un estado contemplativo y de ensimismamiento que también percibo en sus habitantes. Pero solamente puedo hacerlo allí.
Siempre me pregunto hacia dónde miran quienes se sientan en cafés y teterías tunecinas saboreando las mañanas y tardes.Lo hacen dispuestos en filas hacia la calle, hacia el mar, hacia el horizonte. Juntos pero aislados, saboreando el no tiempo, disfrutando de una existencia que aún finita, la hacen eterna.