BIENVENIDO/A

Espacio de relajación y reflexión, el diván tiene sus orígenes en la antigüedad al discurrir a largo de las paredes de las viviendas romanas más acomodadas y constituir en la arquitectura palaciega islámica una estancia privada común para el reposo y el deleite.

"El diván de Nur" viene a ser un lugar virtual para la catarsis que provocan enclaves, historias, vidas, ciudades, sitios y paisajes del mediterráneo.


Una mirada introspectiva, retrospectiva y exploratoria por al-Andalus, el Magreb y la diversidad cultural del Mare Nostrum de una historiadora en permanente búsqueda

martes, 18 de septiembre de 2012

El mal de África


He de advertir de entrada que el mal de África, no se trata de ninguna enfermedad ni terrible padecimiento, sino de un estado emocional que los viajeros experimentan cuando visitan el continente negro y les incita a regresar constantemente.
Pero antes de relatar la historia de dos personajes afectados por este síntoma que conocí en dos momentos y lugares distintos, describiré cómo comenzó aquel 24 de Julio de 2012 en Asilah.

“Viajar a Marruecos en Ramadán es cambiar la noche por el día”, me decía un tendero de la medina de Asilah. Y realmente, la luz, el bullicio de tiendas y mercados comienza una vez que las sirenas advierten el ocaso y anuncian la ruptura del ayuno.

Resulta extraño visitar Asilah y ser uno de los pocos turistas que caminan por los bordes marítimos de esta pintoresca y blanca ciudad que incluso llegó a depender del califato de Córdoba en el último cuarto del siglo X. Y es que el sosiego y la tranquilidad ayudan a encontrarse con uno mismo en momentos tan convulsos como los que vivimos.

De Asilah tomé rumbo a Larache, a unos 40 Kms. Iba apretujada, en los conocidos taxis colectivos, “mercedes benz” color crema, antiguos pero resistentes y duros a prueba de choques. El trayecto, bastante ameno bajo los sones de música magrebí, discurría por carreteras secundarias salpicadas por hileras de alcornocales y álamos que me hacían recordar los escasos viajes de mi infancia hacia Málaga y en cuyo trayecto, solía fijar mi mirada en puestos de melones, sandías, cestería o cerámica que salpicaban en camino.

Pero en poco tiempo Larache asomaba sobre una elevada meseta sobre el Atlántico, una vez traspasado el estuario del rio Lukos, donde la mitología señala que allí se encontraba el árbol cuyas manzanas de oro fueron robadas por Hércules.

Y en verdad el paisaje resulta tan familiar que me recuerda el acceso a la bahía de Cádiz.  De hecho no es casual que Lixus, yacimiento que rodea los contornos del estuario, también fuera como Gades una de las primeras colonias que los fenicios fundaron en Occidente y donde también llegaron a dedicar un templo a Melkart.

Disputada por portugueses y españoles, Larache se convirtió a principios del siglo XX en una de las ciudades del protectorado español cuyo plan de ensanche en torno a la ovoidal plaza de la Liberación sirve de punto de partida a un trazado de calles en abanico. Elegantes edificios proyectados por arquitectos hispanos como el Mercado, el hotel Oriente, o el hotel España conjugan el característico eclecticismo, orientalismo, art dèco y racionalismo de principios de siglo el Norte de Marruecos.


     Plaza de la Liberación o de España en Larache. 
 Un interesante ejemplo del urbanismo del protectorado español

Pues bien, en la cafetería del hotel España, único lugar abierto a mediodía a pesar del ramadán me topé con uno de tantos caminantes, viajeros con los inesperadamente a veces se inicia una conversación.
Septuagenario, con camisa hawayana y pinta indudable de aventurero francés, Charles, que así se presentó, llevaba escrito en sus ojos el África más profunda. Pronto iniciamos una fácil charla que me hizo desplazar desde París, a Togo, Mauritania y Mali.

Desde Auxerre llegó a cruzar con su coche, varias veces el Sahara atravesando Mauritania, Túnez y Argelia. Y su vida, dedicada al comercio le había permitido estar en contínuo movimiento por casi todo el mundo. Contaba que en sus periplos llegó a encontrarse a un anciano inglés que peregrinaba por el desierto a pie.
Su modus vivendi le llevó a fijar residencia en varios países del África Subsahariana.
Y aquel día comprendí como el viejo y misterioso continente se había convertido, en un mundo de mundos, en una liberación y en una peregrinación constante.

No menos curiosa era su tarjeta de visita. Decía: “Charles Internacional”, y tenía seis números de teléfono de varios países: Togo, Camerún, Francia, Mali y Burkina Fasso, sus patrias para las que la distancia no eran obstáculo sino una forma de vida exprimida al máximo y donde en cada una de ellas conservaba sus amores. Un alegato contra convencionalismos y un ejemplo de una existencia plena y libre.

A Ted (permítanme utilizar este pseudónimo) le conocí ese misma tarde de vuelta a Asilah. Ted no conocía a Charles, pero los he querido unir en esta historia, ya que a ambos sólo les separaban unas horas y cuarenta kilómetros en mi concepto de espacio-tiempo. Es decir, no hacía ni medio día que me encontré con Charles en aquel café de Larache cuando esa misma noche me crucé con Ted junto a la medina de Asilah ante el habitual ambiente de ramadán, una vez que se rompe el ayuno.



                             Una de las artísticas fachadas en la medina de Asilah

De pronto se entabló una conversación inesperada en español ya que Ted venía de Cataluña. Y enseguida pude contemplar que su mirada tenía aquella luz permanente que me recordó a Charles. Ted era mucho más joven y apenas cruzamos algunas palabras comenzó a hablarme de Conakry (Guinea Bissau) mientras sus ojos destellaban un brillo especial.

Era como si África hubiera quedado dibujada en el iris de ambos, acelerando palabras y emociones a medida en la que iban desgranándose sus vivencias. Tenía ante mi el llamado mal de África” que descubrí en el Norte del Continente. Y de repente, pensé si yo también sufría ese síndrome que me hacía cruzar tantas veces el estrecho a pesar de no haber llegado a latitudes tan meridionales.

Pero la dura realidad de Ted era muy diferente a la de Charles. Ted era un superviviente, un español con pasaporte de turista que en realidad se buscaba la vida en Marruecos a modo de emigrante ilegal
Ted era una víctima cercana de la grave crisis que asola España. Sobrevivía por las calles de Asilah captando a turistas europeos para trasladarlos de un punto a otro de Marruecos y conseguir así unos honorarios con su furgoneta.  Su subsidio de desempleo ya expirado no le daba otra opción, ya que con más de cincuenta años, la costa catalana prefiere mano de obra barata, joven e inmigrante.
Así que cansado de que en nuestro país no le dieran ninguna otra opción, deambulaba de turista en turista por el Norte de Marruecos, con una red de socios locales que con artes de persuasión y fácil conexión les permitía generar una clientela en varios puntos. Y de este modo enmascaraba su actividad para no hacerla tan evidente a la par que evitaba la competencia que pudiera darse con el gremio de taxistas colectivos.
España y la crisis habían convertido en Ted en un trabajador clandestino pero legítimo fuera de su país, haciendo lo que mejor sabe hacer. Destilar conocimiento, cercanía y simpatía en sus traslados y ofrecer 7000 kms por África Subsahariana. Un curioso recorrido por sus gentes, su geografía, su paisaje y sus vivencias.

Y me fui de Asilah deseándole toda la suerte del mundo, porque Ted la merece.
Me llevo de él una humildísima tarjeta de visita. Un trocito de papel que dice: “Viaje a Afrika: Barcelona-Conakry. 5 países, 7000 kms, 22 días". Como también me llevo de Charles lo que ahora entiendo como síndrome o mal de África. Una actitud ante la vida, un estado de translocación permanente y un retorno al continente donde la humanidad surgió.