BIENVENIDO/A

Espacio de relajación y reflexión, el diván tiene sus orígenes en la antigüedad al discurrir a largo de las paredes de las viviendas romanas más acomodadas y constituir en la arquitectura palaciega islámica una estancia privada común para el reposo y el deleite.

"El diván de Nur" viene a ser un lugar virtual para la catarsis que provocan enclaves, historias, vidas, ciudades, sitios y paisajes del mediterráneo.


Una mirada introspectiva, retrospectiva y exploratoria por al-Andalus, el Magreb y la diversidad cultural del Mare Nostrum de una historiadora en permanente búsqueda

lunes, 12 de noviembre de 2012

Cefalú. Memoria capital.

No quería olvidar, antes de que pasara más tiempo, mi corta estancia por Sicilia. Habrá tiempo de recordar en otro post el arte siculo normando, una perfecta conjugación de musivaras greco-bizantinos, arquitectos románicos normandos y marmolistas-tallistas musulmanes isleños.

Pero hoy me apetece recordar mi experiencia sensorial. Un esfuerzo por retrotraer imágenes, vivencias y palabras sueltas de mi libreta de mi viaje. Un cuaderno atípico, en el que suelo anotar lo que pienso y siento, pero cuando pasa el tiempo, la memoria termina sepultando lo que mis sentidos detectaron allí.


Ya Diodoro Sículo, en el siglo IV a.C. la llamó Kefalú (cabeza) en relación al promontorio rocoso que domina el entorno aunque otras fuentes señalan que el término procede de la palabra provenzal “kefalos”, manantial de agua que desciende y sigue descendiendo de la montaña al mar, como podemos comprobar en unos lavatorios públicos medievales, todavía intactos y bien conservados que mencionó Bocaccio en una de sus obras.
Cefalú fue griega, romana, musulmana y normanda. Los Hauteville hicieron de ella y del Palermo de los siglos XI-XII, sedes de un esplendor artístico y económico inigualable. El geógrafo andalusí al-Idrisi que trabajó para Roger II en la elaboración del primer mapamundi medieval, dijo de Cefalú que era una fortaleza dotada de todas las prerrogativas de una ciudad con mercados, termas y molinos.
Tanto el medievo como el Renacimiento dieron pie a ensoñaciones, que a principios del siglo XIX se contaban en teatros de marionetas "La Opera dei Pupi". Un alarde de historias inspiradas en la literatura caballeresca, poemas, en la vida de los santos o en la de los bandidos más conocidos. Declaradas patrimonio oral de la Humanidad, las representaciones dei Puppi están desapareciendo en el pueblo, y corre peligro de que se olviden en Palermo.
Por la deformación profesional propia de todo historiador siempre tiendo a ir a lo analítico, lo racional, lo documental. Pero en esta ocasión, permítanme dejarme guiar por la inspiración y la libre escritura. A ver que me depara.
Lo primero que se me viene a la mente de Cefalú no son sólo retratos marítimos de este pequeño enclave de la antigua Magna Grecia, sino una sinfonía de olores a hornos, dulces y especias, tan deliciosos y especiales.
Si bien este singular municipio de unos doce mil habitantes no ha sido todavía invadido por el turismo masivo, no deja de ser un punto referencial y paisajísitico de la costa tirrena. Un lugar muy apetecible para el descanso y el paseo por dos ambientadas calles que conducen al Duomo o donde se alza la imponente catedral.

Se trata de la via Ruggero que recuerda al monarca medieval Roger II con el que la isla vivió su máximo esplendor y otra dedicada a Víctor Manuel II. Calles salpicadas de heladerías, panaderías, tiendas de souvenirs junto a negocios tradicionales como algunas farmacias y mercerías decimonónicas que le dan un peculiar encanto.
La Edad Media se percibe en los llamados “cortile” o adarves que abovedados, estrechísimos y lúgubres, recuerdan a los de cualquier otra medina magrebí. Y evidentemente también en la repostería hay indicios del pasado islámico en la “cassata” (árabe qas'at, ‘bol’); una tarta tradicional de bizcocho, mazapán, fruta confitada, pistachos, piñones, canela, con un sutil aroma a azahar. De hecho también los amontonados mazapanes con formas frutales, los dulces de hojaldre y almendra bien pueden recordarnos a la de alguna pastelería andaluza, marroquí o tunecina.
Pero si también Cefalú rezuma, es mediterráneo, un mediterráneo tirreno, frío y plateado, con una Porta di Mare inesperada en la trama urbana que asoma a barcas y redes que cosen pescadores cuyos rostros melancólicos como los de las tristes marionetas, denotan las dificultades que la isla todavía atraviesa.

La ciudad inspiradora


A veces algunos enclaves de las ciudades invitan al sosiego, al recuerdo, a la nostalgia.
Conectan con la naturaleza hasta vincular la esencia del lugar con el estado anímico.
No sólo los monumentos conmueven, inspiran, sino también las calles, los caminos, la luz y el color de las ciudades históricas.
Y es que en Córdoba, el Huerto de Orive, con un aire decadentemente romántico, entre ruinas, sonidos, vuelos y follaje pudo dejar plasmados estos bellos versos amorosos de un poeta desconocido.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Alhambra. La evocación del Paraíso

La Alhambra evoca a través de las inscripciones de sus muros, la configuración de su planta, las estancias ornamentadas, el poder terrenal representado por el sultán y su conexión con la deidad mediante la materialización del paraíso.
Una razón que tuvo en cuenta el aprovechamiento hídrico desde su planificación al abastecer al conjunto palatino por medio de una acequia real que procedía del Darro, transformando las secas colinas de los montes y bancales en sendos vergeles que regaban los jardines del Generalife hasta constituir el canal central alhambreño.
Así, surtía estanques, fuentes y baños donde recrearse y efectuar la ablución.
Con este acto el creyente mojaba sus manos: instrumentos de acción, la boca, simulando la bebida del estanque del paraíso, la nariz, el aroma del jardín, los antebrazos, la fuerza con la que se construye el mundo, la frente, poso de sabiduría, las orejas, el sonido y las piernas el móvil hacia el camino divino.



Agua para enjuagarse o beber de las vasijas que se empotraban en las hornacinas o tacas de las estancias y con la que celebrar banquetes o festines cuando Muhammad V inauguró dos salas de los recintos privados del Palacio de los Leones.


En este sentido, aguas perfumadas de rosas que caían sobre los invitados: “como un diluvio hasta el punto que goteaban sus bigotes y calaban las colas de los trajes".
El sultán vuelve al espacio público: Palacio de Comares que aquí contemplamos cuyo jardín líquido proyectaba e iluminaba las audiencias bajo una bóveda celestial de maderas incrustadas, conformando estrellas.
Astros, constituían los siete cielos hasta alcanzar el trono bajo el que se sentaba el príncipe de los creyentes.
Los baños reales suponían la transición entre lo público y lo privado representado por el Palacio de los Leones donde nuevamente el paraíso irrumpe a través de un bosque de ciento veinticuatro fustes blancos que según Ibn al Jatib extasiaban la mirada, elevando el pensamiento.
Pabellones cupulados que rocían mocárabes como gotas en torno a un patio donde confluyen cuatros ríos hacia una fuente.
Surtidor que vierte el agua a través de doce leones diferentes y la hacen fluir por los canalillos en un ir y venir contínuo, casi eterno.
Y ante todo, una persistente eternidad que cobra sentido con la poesía inscrita de Ibn Zamrak haciendo de la Alhambra y de quienes la hicieron, un paraíso imaginario y materialmente memorable.

Hammamet. Atrapando la eternidad.


Bowles en el cielo protector refería que la diferencia entre turista y viajero residía, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece a un lugar más que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra.
Y tomando como referencia esta cita que hace semanas recordó mi amigo Fernando Báez, vuelvo imaginariamente a uno de mis rincones de la felicidad que pude describir en mi cuaderno de viajes. Un instante que de ningún modo quería dejar escapar.
Volver a Túnez supone explorar intensas experiencias, no sé si porque siempre que regreso ya adopto una predisposción hacia ello o porque fabriqué una idealización que necesitaba tener. Lo cierto es que allí siento más alejado el concepto de tiempo, un invento que nos separa al fin y al cabo de la naturaleza y de nuestra comunión con ella. 
Cuando en Hammamet amanece un nuevo día, el sol reluce resplandeciente atravesando la mayor negrura de las cortinas de cualquier alcoba. Y es como si en cada alba, se creara un mundo nuevo.
Despertar allí es como poder volver a nacer cada día que debe aprovecharse al máximo mirando a ese cálido horizonte. Las tardes se hacen cortas pero los ocasos, envueltos entre el rumor de las olas y los avisos del salat al-mugrib, conectan con lo divino.
Entonces veo más mediterráneo, más inmenso, intenso e infinito que nunca. Destella calma, espuma y plata. Centellea, ondea, abraza e inspira. El azul aquí es más azul. Me rodea, serpentea, adormece y relaja. Luego dormita, canta, palpita, y me salpica bruscamente.
Alrededor del mar, Hammamet muestra cómo la vida y la muerte son una. No hay demasiada distinción entre los seres que reposan eternamente, ya que parecen hacerlo no bajo el suelo sino flotando sobre las arenas que el casi las olas pueden alcanzar.
Entre olivos y el intenso olor a jazmín y sal. Entre el agua y la tierra, flota una atmósfera, ligera, leve y breve como la existencia. Y resuena la melodía de un almuédano para recordar que el tiempo no es lo que marcan los relojes mundanos, sino un instante contínuo y eterno.
Un momento en el que comulga la luz, el mar y la vida. Un instante en el que un eco, una voz, resuena como onda que siempre errará en el universo.
Aquí, la vida, no es mejor ni peor, es sencillamente vida. Un camino trazable, un misterio que alumbra y hace brotar plantas, seres, palabras, luces y emociones. Es entonces cuando me aferro a él, agarrándome a este momento eterno cuya serenidad única no quiero que la memoria, volátil y tracionera deje escapar.
Y pienso que es en Túnez donde he aprendido a mirar al infinito hasta poder llegar a un estado contemplativo y de ensimismamiento que también percibo en sus habitantes. Pero solamente puedo hacerlo allí.
Siempre me pregunto hacia dónde miran quienes se sientan en cafés y teterías tunecinas saboreando las mañanas y tardes.Lo hacen dispuestos en filas hacia la calle, hacia el mar, hacia el horizonte. Juntos pero aislados, saboreando el no tiempo, disfrutando de una existencia que aún finita, la hacen eterna.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Córdoba y Qayrawán. Las calles abrazadas

Llegando a barakat sahel a tomar un louage, uno vuelve a tomar contacto con la realidad tunecina.
Imprevisiblemente siempre sucede algo o hay alguien que permite dar con tu destino de manera inmediata. Sin reloj y sin prisas, sin miedo a nada, me aventuro a deslizarme por caminos que transforman mi trayecto en una inolvidable experiencia.

Da igual que el vecino de asiento lleve las uñas algo sucias o que la tapicería del coche esté despellejada. Envuelta en una atmósfera de fonemas árabes y ante un transcurrir intermitente de olivos y predesierto, abro los ojos ante las puertas de Qayrawán.
Animada e inundada por el caos circulatorio, mi taxi rodea la Plaza de los Mártires de la que parte la avenida Córdoba, un kilómetro de lienzo amurallado abierto por un par de puertas.

Qué casualidad que al final de la calle kairuán de Córdoba haya también un “Campo Santo de los Mártires”.Igual que las murallas occidentales de la medina cordobesa, toman la calle Kairouán, pienso en ambas ciudades hermanadas, en ambas vías.

La calle Kairuán en Córdoba, reformada en los años cincuenta del siglo XX, dulcifica el paseo del viandante cuyo caminar transcurre entre jazmines y sonidos del agua en un fluir albercas escalonadas. Pantallas que invierten la imagen de un vetusto lienzo coronado con merlones y almenas sobrevoladas por tórtolas, mirlos y gorriones. Y tras evocar esa imagen de Córdoba en mi memoria, vuelvo en sí para disfrutar de mi estancia en Qayrawán. Por la avenida de Qurtuba ( Córdoba) y a los pies de similares murallas, no hay albercas pero sí una calzada que da alimento a veloces taxis, ciclomotores, autobuses urbanos, viejos motocarros y bicicletas cargadas de pan y otros enseres. 
Advierten, pues del bullicio que nos espera al adentrarnos en la propia medina tunecina. A ambos lados, un sol sin tregua proyecta cornisas y merlones semicirculares. De pronto pienso en dos calles entrelazadas en lugares diferentes.

Una recuerda a la otra, la otra recuerda a la una hasta transmutarse en una sola fundida en un abrazo.

martes, 18 de septiembre de 2012

El mal de África


He de advertir de entrada que el mal de África, no se trata de ninguna enfermedad ni terrible padecimiento, sino de un estado emocional que los viajeros experimentan cuando visitan el continente negro y les incita a regresar constantemente.
Pero antes de relatar la historia de dos personajes afectados por este síntoma que conocí en dos momentos y lugares distintos, describiré cómo comenzó aquel 24 de Julio de 2012 en Asilah.

“Viajar a Marruecos en Ramadán es cambiar la noche por el día”, me decía un tendero de la medina de Asilah. Y realmente, la luz, el bullicio de tiendas y mercados comienza una vez que las sirenas advierten el ocaso y anuncian la ruptura del ayuno.

Resulta extraño visitar Asilah y ser uno de los pocos turistas que caminan por los bordes marítimos de esta pintoresca y blanca ciudad que incluso llegó a depender del califato de Córdoba en el último cuarto del siglo X. Y es que el sosiego y la tranquilidad ayudan a encontrarse con uno mismo en momentos tan convulsos como los que vivimos.

De Asilah tomé rumbo a Larache, a unos 40 Kms. Iba apretujada, en los conocidos taxis colectivos, “mercedes benz” color crema, antiguos pero resistentes y duros a prueba de choques. El trayecto, bastante ameno bajo los sones de música magrebí, discurría por carreteras secundarias salpicadas por hileras de alcornocales y álamos que me hacían recordar los escasos viajes de mi infancia hacia Málaga y en cuyo trayecto, solía fijar mi mirada en puestos de melones, sandías, cestería o cerámica que salpicaban en camino.

Pero en poco tiempo Larache asomaba sobre una elevada meseta sobre el Atlántico, una vez traspasado el estuario del rio Lukos, donde la mitología señala que allí se encontraba el árbol cuyas manzanas de oro fueron robadas por Hércules.

Y en verdad el paisaje resulta tan familiar que me recuerda el acceso a la bahía de Cádiz.  De hecho no es casual que Lixus, yacimiento que rodea los contornos del estuario, también fuera como Gades una de las primeras colonias que los fenicios fundaron en Occidente y donde también llegaron a dedicar un templo a Melkart.

Disputada por portugueses y españoles, Larache se convirtió a principios del siglo XX en una de las ciudades del protectorado español cuyo plan de ensanche en torno a la ovoidal plaza de la Liberación sirve de punto de partida a un trazado de calles en abanico. Elegantes edificios proyectados por arquitectos hispanos como el Mercado, el hotel Oriente, o el hotel España conjugan el característico eclecticismo, orientalismo, art dèco y racionalismo de principios de siglo el Norte de Marruecos.


     Plaza de la Liberación o de España en Larache. 
 Un interesante ejemplo del urbanismo del protectorado español

Pues bien, en la cafetería del hotel España, único lugar abierto a mediodía a pesar del ramadán me topé con uno de tantos caminantes, viajeros con los inesperadamente a veces se inicia una conversación.
Septuagenario, con camisa hawayana y pinta indudable de aventurero francés, Charles, que así se presentó, llevaba escrito en sus ojos el África más profunda. Pronto iniciamos una fácil charla que me hizo desplazar desde París, a Togo, Mauritania y Mali.

Desde Auxerre llegó a cruzar con su coche, varias veces el Sahara atravesando Mauritania, Túnez y Argelia. Y su vida, dedicada al comercio le había permitido estar en contínuo movimiento por casi todo el mundo. Contaba que en sus periplos llegó a encontrarse a un anciano inglés que peregrinaba por el desierto a pie.
Su modus vivendi le llevó a fijar residencia en varios países del África Subsahariana.
Y aquel día comprendí como el viejo y misterioso continente se había convertido, en un mundo de mundos, en una liberación y en una peregrinación constante.

No menos curiosa era su tarjeta de visita. Decía: “Charles Internacional”, y tenía seis números de teléfono de varios países: Togo, Camerún, Francia, Mali y Burkina Fasso, sus patrias para las que la distancia no eran obstáculo sino una forma de vida exprimida al máximo y donde en cada una de ellas conservaba sus amores. Un alegato contra convencionalismos y un ejemplo de una existencia plena y libre.

A Ted (permítanme utilizar este pseudónimo) le conocí ese misma tarde de vuelta a Asilah. Ted no conocía a Charles, pero los he querido unir en esta historia, ya que a ambos sólo les separaban unas horas y cuarenta kilómetros en mi concepto de espacio-tiempo. Es decir, no hacía ni medio día que me encontré con Charles en aquel café de Larache cuando esa misma noche me crucé con Ted junto a la medina de Asilah ante el habitual ambiente de ramadán, una vez que se rompe el ayuno.



                             Una de las artísticas fachadas en la medina de Asilah

De pronto se entabló una conversación inesperada en español ya que Ted venía de Cataluña. Y enseguida pude contemplar que su mirada tenía aquella luz permanente que me recordó a Charles. Ted era mucho más joven y apenas cruzamos algunas palabras comenzó a hablarme de Conakry (Guinea Bissau) mientras sus ojos destellaban un brillo especial.

Era como si África hubiera quedado dibujada en el iris de ambos, acelerando palabras y emociones a medida en la que iban desgranándose sus vivencias. Tenía ante mi el llamado mal de África” que descubrí en el Norte del Continente. Y de repente, pensé si yo también sufría ese síndrome que me hacía cruzar tantas veces el estrecho a pesar de no haber llegado a latitudes tan meridionales.

Pero la dura realidad de Ted era muy diferente a la de Charles. Ted era un superviviente, un español con pasaporte de turista que en realidad se buscaba la vida en Marruecos a modo de emigrante ilegal
Ted era una víctima cercana de la grave crisis que asola España. Sobrevivía por las calles de Asilah captando a turistas europeos para trasladarlos de un punto a otro de Marruecos y conseguir así unos honorarios con su furgoneta.  Su subsidio de desempleo ya expirado no le daba otra opción, ya que con más de cincuenta años, la costa catalana prefiere mano de obra barata, joven e inmigrante.
Así que cansado de que en nuestro país no le dieran ninguna otra opción, deambulaba de turista en turista por el Norte de Marruecos, con una red de socios locales que con artes de persuasión y fácil conexión les permitía generar una clientela en varios puntos. Y de este modo enmascaraba su actividad para no hacerla tan evidente a la par que evitaba la competencia que pudiera darse con el gremio de taxistas colectivos.
España y la crisis habían convertido en Ted en un trabajador clandestino pero legítimo fuera de su país, haciendo lo que mejor sabe hacer. Destilar conocimiento, cercanía y simpatía en sus traslados y ofrecer 7000 kms por África Subsahariana. Un curioso recorrido por sus gentes, su geografía, su paisaje y sus vivencias.

Y me fui de Asilah deseándole toda la suerte del mundo, porque Ted la merece.
Me llevo de él una humildísima tarjeta de visita. Un trocito de papel que dice: “Viaje a Afrika: Barcelona-Conakry. 5 países, 7000 kms, 22 días". Como también me llevo de Charles lo que ahora entiendo como síndrome o mal de África. Una actitud ante la vida, un estado de translocación permanente y un retorno al continente donde la humanidad surgió.


martes, 19 de junio de 2012

Tarraco Viva


La arqueóloga-museóloga Renée Sivan, dice en uno de sus estudios que el reto de los gestores del patrimonio consiste en hacer que las “piedras hablen”. Y evidentemente en Tarragona no hablan sino brotan vivencias de ellas a través de "Tarraco Viva".

Aunque “Tarraco Viva” se define como un festival de la cultura romana, dicha palabra le queda corta, ya que no es ni es un parque temático, ni un espectáculo mediático, ni ningún desfile de personajes ataviados. Es una magnífica experiencia de conocimiento y aprendizaje, a través de demostraciones, conferencias, “living history”, proyección de documentales, actividades educativas infantiles, visitas guiadas, recitales, textos escenificados, degustaciones, lecturas dramatizadas y conciertos relacionados con la antigua Roma. Un verdadero banquete cultural romano para aquellos ávidos de antigüedad.

Desgraciadamente en España, ciertos sectores académicos y algunos profesionales ultraortodoxos de la conservación del patrimonio tienden a introducir dichas definiciones en el mismo saco. Y lo hacen confundiendo los términos “living history”, con dramatización libre, animaciones, o representaciones teatrales puntuales. De hecho dicha confusión, fruto del desconocimiento, siempre ha despertado susceptibilidades bajo el dañino e intencionado paraguas crítico del falseamiento, la banalización y la especulación histórica. Sin embargo dicho recurso anglosajón tiende a utilizarse con normalidad en ciertos museos al aire libre de Francia y Gran Bretaña.
  
Nada más lejos de la realidad, ya que un buen “living history” puede llegar a ser una mirada histórica en movimiento. De hecho en Tarraco Viva es un verdadero proceso de puesta en valor del pasado, fruto del un riguroso trabajo documental y científico de historiadores, expertos y eruditos que convierten esta acción en un campo experimental, donde cualquier palabra, atuendo, gesto y detalle, hasta el más mínimo, está previamente investigado y estudiado con muchos meses y años de antelación.

Juicio de los asistentes a una lucha gladiatora en el anfiteatro de Tarraco.

Quería conocer Tarraco, adentrarme en los restos de uno de los mejores circos conservados en Occidente, visitar el anfiteatro que mira al mediterráneo, así como caminar por los restos de los foros, ver los acueductos, villas así como sus murallas, pero me hablaron del Festival Tarraco Viva y necesitaba disfrutar de gran parte de sus actividades en dichos espacios. O sea, conocerlos doblemente, más allá de la información estrictamente arqueológica. Pero en tres días no da tiempo a ver la totalidad del programa de dos semanas, a pesar del frenético e imposible deseo de estar a la vez en varios enclaves.

El Campo de Marte, el circo, las murallas y el anfiteatro fueron los espacios que pude escoger para descubrir “Munera Gladiatora”, “Las legiones romanas” “Pompa triumphalis”, “Seqvereme”, “Fabio Demetrio” o “Livia Drusila”.

Puede decirse que en el anfiteatro, the “living history” se convertía en demostración.  
Un grupo de grandes especialistas, (Ars dimicandi) explicaban el armamento y las técnicas de combate de los gladiadores romanos, aportando una visión rigurosa y científica, muy alejada de la que nos ha dado el cine. Mientras tanto, el graderío aprendía a enjuiciar los combates concediendo la vida o la muerte al derrotado con los verdaderos gestos, agitando puño, o llevando la palma hacia delante.

Mi sorpresa vino al día siguiente cuando cobraron vida algunos de los relieves del Arco de Tito en la "Pompa Triumphalis. Durante casi una hora, el cortejo dio dos vueltas por el campo de Marte a la par que se iba describiendo a los personajes, animales y objetos que participaban en el mismo, desde el senado, lictores, legionarios, hasta los encargados del sacrificio de los bueyes, y músicos.

Legionarios en el Campo de Marte.
“Seqvereme” supuso un paseo por la vida nocturna de los prostíbulos romanos. Los espectadores caminábamos por las galerías anulares del circo adentrándonos en diferentes estampas vivas con un realismo conmovedor. Se visitaba una caupona, así como los lugurios donde se conocía el precio, servicios prestados y las diferentes clases de hombres y mujeres que ejercían el oficio más antiguo de la humanidad. Realmente sorprendente fue la irrupción de las “puellae gaditanae”, bailando sensualmente los sones de músicos en el triclinium de una acomodada domus.


Cliente de una caupona en "Seqvereme"







“Fabio Demetrio”, igual que "Seqvereme" también puede considerarse “living history”. Los asistentes, nos convertíamos en alumnos de este profesor de gramática que vivió en Tarraco, cuando narraba cómo era la difícil vida de un esclavo al servicio de unos indolentes amos. En un bucólico rincón, bajo las hojas de un árbol, junto al recinto amurallado, Fabio nos hablaba de las virtudes de un buen profesor hacia el camino virtuoso de buenos hombres romanos, tomando como referencia al pedagogo Quintiliano.


Fabio Demetrio, profesor de gramática en Tarraco
 
Estas y otras actividades (más de cuatrocientas) hacen de “Tarraco Viva” un interesante modelo de gestión pública al servicio del conocimiento histórico, no pretenciosa, de una comercialización turística ni publicidad mediática, ya que se recurre a la promoción directa como modus operandi. Un referente, único en Europa que ha desafiado y debe seguir desafiando a los embates de la crisis.
En palabras de Magi Seritjol, director del festival "La historia nos sirve para pensar en el presente. No es un adorno cultural. Es un elemento para reflexionar, y tener elementos de reflexión y de crítica”

Cautivada y embriagada de ella, regreso de Tarraco, habiendo aprendido múltiples maneras de disfrutarla. También vuelvo con la esperanzadora lección que desde el tesón y el corazón,  la razón siempre triunfa. Y Tarraco Viva es una prueba de ello.


Este post va dedicado a todos quienes han trabajado y siguen haciéndolo por Tarraco Viva. Especialmente a Magí y Enric Seritjol, tarraconenses comprometidos, que asientan triple cátedra: histórica, gestora cultural y humana. También a quienes sin conocer “the living history”, fruto de prejuicios academicistas infundados, siguen empañando el honor y el futuro de profesionales que defendemos digna y seriamente la difusión del patrimonio.